Tres alumnas de 2º de Bachillerato B relatan los tres días de peregrinaje, diversión y compañerismo que disfrutaron junto a sus amigos de clase y profesores del 28 al 30 de septiembre.
Viernes, 28 de septiembre de 2018 (por Pilar Fernández Arroyo, 2ºB)
8:05 de la mañana. Los veintinueve compañeros que estábamos a punto de comenzar un gran fin de semana totalmente distinto al resto nos encontrábamos ansiosos por empezar la experiencia en la puerta del colegio. Tras un trayecto en autobús no demasiado largo, en el cual tuvimos más de un incidente que por suerte se quedará en anécdotas que recordaremos con risas, llegamos a Anayo, un pueblo en el concejo de Piloña, donde comenzamos la caminata.
Después de dos horas hicimos una pequeña parada para reponer fuerzas y hacia las 14:30 realizamos otra de mayor duración para comer y descansar nuestros hombros de la pesada mochila que llevamos con nosotros durante todo el recorrido. Al rato, continuamos con la etapa y sin tardar mucho nos fuimos dando cuenta de que los 22 kilómetros que nos habían anunciado los profesores que íbamos a recorrer en esa jornada se iban a convertir en alguno que otro más (resultaron ser aproximadamente 28) y a pesar de que nos decían que “en un par de curvas” llegaríamos a nuestro ansiado destino, nada conseguía motivarnos tanto como la música que fuimos escuchando gracias a distintos altavoces por todo el camino; se puede decir que las canciones de Taburete se han convertido en nuestro himno de la excursión.
Llegados a un punto donde ya se veían casas, conseguimos identificar la ubicación del albergue 'La Posada del Monasterio' en las proximidades de Cangas de Onís y fue sin duda un chute de energía para conseguir llegar a él. No nos podíamos creer que ya hubiéramos llegado; además, el lugar nos sorprendió gratamente por la calidad de las instalaciones. Una vez duchados y con los pies fuera de la prisión de los playeros, éramos personas nuevas. Al poco rato llegó la hora de cenar: espaguetis con bonito y tomate y filete rebozado con patatas. Igual no eran los mejores platos que hubiéramos probado en nuestras vidas, pero sí los que más nos gustaron. A pesar de que los profesores no fueron demasiado estrictos con la hora de acostarse, no fuimos excesivamente tarde para la cama porque la actividad deportiva había pasado factura y necesitábamos recuperar, ya que sabíamos el reto que nos esperaba al día siguiente. Sin lugar a dudas, las risas y el buen rollo (y las quejas por cansancio) no faltaron ni un solo momento en todo el viaje.
Sábado, 29 de septiembre de 2018 (por Alba Montes Alonso, 2ºB)
Nuestro segundo día comenzó con unos pequeños síntomas de cansancio, ya que habíamos estado la noche anterior todos juntos en una sala de juegos que el mismo albergue nos había proporcionado. La falta de energía apretaba, así que decidimos ir a una de las habitaciones donde nuestra pequeña reunión continuó. El cúmulo de todo lo dicho, más la caminata del día anterior, provocó que nuestra alarma a las nueve de la mañana molestase a más de uno.
Una vez reunido el grupo a las 9:30 de la mañana en el comedor, desayunamos “en familia” y cogimos los bocadillos que nos habían hecho para comer. Justo después de eso, emprendimos rumbo hacia Cangas de Onís, donde hicimos muchas fotos, algunos se pegaron un chapuzón en el Sella, otros optaron por tomar algo debido a las altas temperaturas que nos acompañaban… Nuestro toque de queda fue a las 12:30, cuando reemprendimos nuestro camino al Santuario.
Tras hacer una pequeña parada para comer, llegamos entusiasmados a la plaza de la Basílica de Covadonga (cantando el himno de Asturias como representación de nuestro pequeño “peregrinaje”). Una vez instalados en el albergue, duchados y descansados, dimos una pequeña vuelta por la Cueva de la Santina y nos dirigimos al convento a por la comida que las religiosas nos habían preparado con mucha ilusión. Mientras que algunos de nuestros compañeros nos llevaban la comida, los otros nos encaminamos al lugar donde a las 9:00 disfrutamos de un espectáculo de luces y sonido sobre la Basílica que nos había emocionado horas antes al llegar. Nos quedamos sin palabras ante tal escena que iluminaba aquel lugar.
Una vez finalizado, regresamos al albergue, donde todos juntos preparamos la mesa y cenamos (salchichas con revuelto y un helado de postre). El trabajo en equipo continuó con las tareas de recogida, limpieza de platos y comedor… que culminó con una escapada nocturna hacia la Cueva, la cual impresionaba por el vacío y la calma que allí se respiraba, al igual que en sus alrededores, y pudimos disfrutarlo como nunca hubiésemos imaginado. Este era el colofón a un día inolvidable que culminó en la casa, ya que nos reunimos todos en una de las habitaciones a charlar, reír y contar todas las anécdotas vividas hasta el momento.
Domingo, 30 de septiembre de 2018 (por Covadonga de las Heras, 2º B)
Tercer día, 9:30 de la mañana. Las ojeras de oso panda y las caras de sueño de muchos se percibían desde la basílica. Aún así, la mitad del grupo nos propusimos hacer la ruta a la Vega de Orandi, que era todo cuesta arriba; parecía que nos estábamos entrenando para subir las escaleras del colegio a las ocho de la mañana.
Sin duda, mereció la pena. Al llegar a la cumbre atravesamos un río saltando de roca en roca y colocando troncos. Al final llegamos a una cueva que se asemejaba a un lugar fantástico, en el cual reinaba la tranquilidad y podías ver la cascada que atravesaba sus paredes. Cuando llegamos de nuevo a Covadonga nos reunimos en el comedor de la casa con el resto de compañeros, que habían acudido a la eucaristía. Tras la comida, cada uno se dirigió a su cuarto para acabar sus mochilas. Los que ya tenían todo listo se reunieron en una habitación, y con música y risas pasaban el rato. Poco a poco se fue uniendo más y más gente, hasta estar todos y cada uno de nosotros allí metidos. Fue uno de esos momentos que ni se compran, ni se olvidan. Mientras ibas cantando te dabas cuenta del vínculo creado entre personas tan dispares, y que quizás, si no hubiese sido por esta “peregrinación”, nunca hubiese surgido.
Cuando llegó la hora nos montamos en el autobús. El viaje de vuelta para muchos fue demasiado corto. Recordamos todo lo vivido y, cómo no, no faltó la sesión de canto junto al altavoz amarillo.
No hay palabras para describir una experiencia así, gracias a todos los que la habéis hecho posible.



